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martes, 11 de octubre de 2016

Los objetos nos llaman

Tenía pendiente leer algo de Juan José Millás y encontré el libro de relatos, Los objetos nos llaman, al azar en la biblioteca del barrio. En realidad buscaba La mujer loca, que me habían recomendado, pero no la encontré. Así que cogí este libro, sin saber al principio que se trataba de historias cortas, de una o dos páginas de extensión.

No soy muy aficionada a los relatos; prefiero las novelas, que consiguen que me involucre más con la trama y los personajes. Pero ya que lo tenía entre mis manos, pues había que leerlo, ¿no?

Son unos cuantas historias, todas con un estilo fluido y con un lenguaje muy sencillo, que hablan sobre escenas de la vida diaria, sobre la muerte, la familia...algunas realistas y otras surrealistas. Supongo que no es fácil encontrar siempre un final acertado o comprensible, y ésta es la sensación que he tenido en algunas de ellas. En cualquier caso, esto ya me ha pasado con algún que otro libro de relatos que he leído, así que entiendo que la comprensión (o ausencia de ella) es algo que me compete únicamente a mí como lectora. O no.

Uno de los relatos que no he entendido ha sido “Un alto en la terapia”, donde el protagonista soñaba que se comía unas bragas con cuchillo y tenedor. “Venían precocinadas, dentro de un estuche de aluminio, y no había más que meterlas dos minutos en el microondas.” El final me ha dejado con una cara de "pues vaya".

Por contraposición, uno de los textos que más me ha gustado ha sido “El brazo de derecho de mi padre”, que empieza así: “Mi padre no se dio cuenta de que apenas me había abrazado hasta que perdió el brazo derecho en un accidente laboral por el que estuvo cuarenta días hospitalizado.”

Sin embargo, éste ha sido un libro que he tenido que leer dejándolo reposar durante unos días tras la lectura de varias páginas. Se puede leer perfectamente de una sentada (tiene 241 páginas). Bueno, igual es mucho; mejor de dos sentadas, pero en mi caso he tardado bastante más. Me ha costado acabar el libro y, si lo he hecho, ha sido porque me parecía lo más coherente si quería escribir esta reseña. Las historias en su conjunto se me han hecho pesadas, repetitivas en muchas ocasiones y puedo decir, con total sinceridad, que me he empachado. Y esto no es bueno.  


jueves, 29 de septiembre de 2016

El sentido del humor

“Yo no soy irlandés. Nací en Cambridge, y creo que sigo siendo muy inglés. La gente suele decir que los ingleses han desarrollado sus cualidades de sangre fría y de reserva, y también una manera de enfrentarse con humor a los acontecimientos de la vida, incluidos los más trágicos. Es bastante cierto, y una completa estupidez por su parte. El humor no nos salva; no sirve prácticamente para nada. Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos puede mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas, ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq.


jueves, 15 de septiembre de 2016

Hyperion

“El verbo leer, como el verbo amor y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo. Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro les aburre lo dejen. Que no lo lean porque es famoso o porque es moderno o porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.” (Jorge Luis Borges)

En mi humilde opinión, Borges tiene toda la razón del mundo…siempre y cuando no tengamos en cuenta que hay veces que hemos tenido que leer un libro por obligación. Qué más me hubiera gustado a mí, en mi época de instituto, no tener que leerme algunos ladrillos que no había ni por dónde coger. Pero, o leía el libro y hacía los comentarios pertinentes, o me caía la asignatura de Literatura para septiembre.

A estas alturas de la vida, esos tiempos ya quedaron atrás y ahora puedo elegir qué leer y qué no. Y me tomo la licencia, faltaría más, de abandonar un libro si a las pocas páginas no me ha enganchado. Que tampoco es plan de sufrir así sin más.

Sin embargo, esto no quiere decir que no me atreva a leer géneros hacia los que siempre he sentido cierta reticencia. Me refiero a la ciencia-ficción. Pero esto ya cambió.

Hace pocas semanas acabé de leer Hyperion, de Dan Simmons.

Tengo que reconocer que al principio me costó un poco ubicarme. Quizás fuera por ese prejuicio que siempre le he tenido a este género, o porque había términos que me descolocaban porque nunca los había escuchado (lógico, si eran palabras inventadas). En cualquier caso, esto no afectó para la comprensión del texto y poco más me costó meterme de lleno en todas las aventuras de los personajes. No voy a explayarme hablando de la Hegemonía del Hombre, ni la Red de Mundos ni los éxters porque para eso hay que leerse el libro, que está muy bien.

Pero vamos, en un resumen muy resumido, en Hyperion, siete peregrinos se dirigen al encuentro del Alcaudón, que es una criatura enorme, con cuatro brazos, y agujas y cuchillos por todos lados. Como una imagen vale más que mil palabras, aquí va. Un poco de miedito sí que da, sí.

                                                    The Lord and the Colonel© Alex Ries 2013

El Alcaudón, relacionado con la muerte y el dolor, ha estado desaparecido durante unos siglos. Ahora parece que ha reaparecido y se ha organizado una peregrinación donde los elegidos descubren, al contar sus respectivas historias, que su designación se ha debido en cierta medida a su relación con el Alcaudón. Cada uno formulará su deseo pero sólo uno podrá ser concedido….

Las historias de cada peregrino son a cada cual más interesantes y variopintas. Es increíble la imaginación que tiene Dan Simmons. Maravillada me he quedado. Si alguien no se lo ha leído, que se lo lea, que merece la pena. 


miércoles, 31 de agosto de 2016

Escribir y reescribir

“Cojo frases y les doy vueltas. Eso es mi vida. Escribo una frase y le doy una vuelta. Luego la miro y le doy otra vuelta. Luego como algo. Luego vuelvo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy una vuelta a la nueva frase. Luego vuelvo a leer ambas frases y sigo dándoles vueltas. Luego me echo en el sofá y pienso un poco. Luego me levanto, lo tiro todo a la papelera y empiezo desde el principio. Y si me desentiendo de esa rutina durante más de veinticuatro horas, me pongo frenético de aburrimiento, por la sensación de estar desperdiciando el tiempo.”

La visita al maestro, de Philip Roth.

martes, 30 de agosto de 2016

La cena equivocada

Primer libro que cae en mis manos de Ismaíl Kadaré. Y tengo por seguro que no será el último.

Reconozco que, a pesar del resumen de la contraportada (donde viene bien explicadito de qué va la historia), me costó ubicarme un poco al principio en cuanto al contexto histórico se refiere. Lamenté no saber algo al menos sobre la historia de Albania, para haber aprovechado más la lectura. En cualquier caso,  lo que me gusta de este tipo de sensaciones es que la ignorancia es temporal si uno lo quiere así. Así que, en cuanto tenga un poco de tiempo, me pondré a leer la historia de este país, con sus costumbres y leyendas también, algo que es recurrente en la obra de Kadaré, según he podido saber.

Bueno, vamos a  por la cena.

Estamos en la Segunda Guerra Mundial, concretamente en el año 1943.

Gjirokastër…tengo un amigo aquí…”. Estas son las primeras palabras que pronuncia el comandante de la división alemana, el coronel Fritz Von Schwabe. El amigo al que se refiere es Gurameto el grande, cirujano y ginecólogo. Compañeros en la universidad en Munich , no se han visto desde entonces. Y si al anfitrión Gurameto le decimos “el grande” es porque tenemos a otro Gurameto, al que llamamos “el chico”, que también es cirujano y ginecólogo.

Cuando por fin se encuentran, a Gurameto el grande le extraña que su amigo haya cambiado tanto. Es como si no le reconociera. Aun así, le invita a cenar a su casa, amparándose en la besa (la ley de la hospitalidad). A esa cena el coronel Fritz acude con varios acompañantes. Se dicen muchas cosas, se olvidan algunas: con el tiempo se descubre que se saben todas.

Sin embargo, Fritz está dolido porque en Gjirokastër le han atacado. Y por eso ha tomado rehenes. Gurameto le pide que los libere a todos, incluido a un farmacéutico judío. Fricciones, deliberaciones…Fritz acepta….por la antigua amistad.

Ahora estamos en el año 1953. Han pasado diez años y son los comunistas los que están en el poder. Quién le iba a decir a Gurameto el grande que esa cenaque nunca debió producirsetendrá esas consecuencias. Es detenido, junto con Gurameto el chico (siempre juntos, como siameses…)  y se le piden explicaciones sobre lo que pasó aquella noche. Dos jueces se encargan de su caso. No le dejan ni a sol ni a sombra.

Estamos en las semanas anteriores a la muerte de Stalin, el padre de todos los comunistas, que se produce el cinco de marzo. Uno de los jueces, obsesionado, le acusa de ser un “bata blanca”. ¿Cómo un médico puede querer asesinar a Stalin? ¿Es eso posible? Gurameto el grande está en el sitio equivocado y con la profesión equivocada.  Esta muerte hace que los hechos se desarrollen de manera precipitada, desordenada, entre maquinaciones y paranoias.

La que se ha liado por una cena....


miércoles, 13 de julio de 2016

Ayer no más

No tenía que haberme encontrado con mi padre en Santo Domingo. Desde que he vuelto es la primera vez que yo estaba allí a esa hora, por la mañana.

Lo de las siete y media y lo que me recordó Lisa ha despertado en mí sentimientos enfrentados y engañosos. Durante muchos años fue un pobre, pequeño, psicópata. Pero digo: fue, y eso es ya como un: casi no ha sido. Digo “pobre”, “pequeño”, y esas palabras, pobre, pequeño, ya no podrían hacernos daño a ninguno de nosotros, aunque durante tanto tiempo no fuese precisamente ni “pobre” ni “pequeño”, sino todo lo contrario.

Me ha impresionado la historia de sus amigos muertos, me ha conmovido. Las cosas buenas. Ya sólo quiero ver sus cosas buenas. Me persuado: es, ha sido, un buen hombre, no pudo ser de otra manera, tiene un buen fondo, me digo. Hablamos del fondo de las personas cuando lo más visible de ellas es aterrador. Él y yo nos hemos relacionado por la superficie. Como los pedernales. Y siempre han saltado chispas.

Le vi de lejos, caminaba echado hacia atrás, muy derecho, una mano en el bastón y otra en el bolsillo de la gabardina. La cabeza, su cabeza de león, levantada, mirando a uno y otro lado, como si revistara tropas. El bastón en su mano no parecía imprescindible, sino más bien algo suntuario, la vara de un mariscal. Como uno de sus soldados de plomo. No diría que venía feliz. Creo que nunca lo ha sido. Parecía satisfecho, eso sí, haciendo ostentación de una felicidad que nunca ha conocido.

Mi primera reacción fue pueril, como cuando era niño, le veía y si él no me había descubierto, me daba la vuelta y salía corriendo, por si me reñía, convencido de que encontraría algo reprobable en mí, no hecho a su gusto. Así que al avistarlo en Santo Domingo miré a todas partes con disimulo, tratando de encontrar el modo, el camino, el quiebro que me alejara de él.

Cuando quise darme cuenta, lo tenía encima, con la barbilla levantada, mirándome, juzgándome. Tan sorprendido como yo de haberse encontrado conmigo, como si yo fuese también para él un extraño que había aparecido en su mañana para estropeársela. Pero el extraño esa mañana no fui yo, bien lo íbamos a saber unos minutos después.

Andrés Trapiello

domingo, 10 de julio de 2016

La perla

Kino se despertó casi a oscuras. Las estrellas lucían aún y el día solamente había tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo, al este. Los gallos llevaban un rato cantando y los madrugadores cerdos ya empezaban su incesante búsqueda entre los leños y matojos para ver si algo comestible les había pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa edificada con haces de ramas, en el plantío de tunas, una bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas.

Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al rectángulo de luz de la puerta, y luego a la cuna portátil donde dormía Coyotito. Por último volvió su cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía a su lado en el jergón, cubriéndose con el chal azul la cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al despertar. Las estrellas se reflejaban muy pequeñas en aquellos ojos oscuros. Estaba mirándolo como lo miraba siempre al despertarse.

Kino escuchaba el suave romper de las olas mañaneras sobre la playa. Era muy agradable, y cerró, los ojos para escuchar su música. Tal vez sólo él hacía esto o puede que toda su gente lo hiciera. Su pueblo había tenido grandes hacedores de canciones capaces de convertir en canto cuanto veían, pensaban, hacían u oían. Esto era mucho tiempo atrás. Las canciones perduraban; Kino las conocía, pero sabía que no habían seguido otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales.

En la cabeza de Kino había una melodía' clara y suave, la habría llamado la Canción Familiar.

John Steinbeck

miércoles, 6 de julio de 2016

El guardián entre el centeno

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

J.D. Salinger

jueves, 30 de junio de 2016

Trato hecho

Cuando Brooks entró en la celda, el otro ya estaba allí. Sentado al fondo en el jergón cabeceaba hacia delante y hacia atrás, maldiciendo y murmurando algo que solo él entendía o quería entender, ignorándole por completo. Los guardias habían registrado a Brooks de arriba abajo y le habían ordenado que se quitase la corbata y los cordones, ‘más vale prevenir’, le habían dicho, ‘nunca se sabe’. Menos mal que Matteotti era un abogado competente y conocía bien al alcaide y estaba al tanto de sus caprichos. Solo de ese modo había conseguido que al menos le dejaran conservar el traje, la pitillera y lo puesto, que hicieran la vista gorda. Brooks colgó su chaqueta sobre la litera vacía y se desabotonó parte de la camisa. Hacía calor allí dentro. La puerta de la celda se cerró a su espalda con un golpe seco, dejándoles por primera vez a solas. Su compañero de celda seguía sin levantar la cabeza, muy amistoso no parece, se dijo Brooks. Así que se olvidó de él y apoyó la bolsa en la cama y se dedicó unos segundos a observar la celda. No era tan fea como se la habían descrito o como él mismo la había imaginado. Una cama a cada lado, un lavabo de aluminio al centro y a dos metros del suelo, casi inalcanzable, una ventanita embarrotada que proyectaba un rectángulo de luz exterior. Brooks dudó un instante. Luego se levantó hacia el recluso con la mano tendida, ‘me llamo John Brooks’, le dijo, ‘me parece que estaremos una temporadita juntos’. No quiso ser gracioso ni familiar, tampoco parecerlo. El otro apenas si separó la vista unos centímetros de su antebrazo para mirarle de soslayo, con ese desinterés con que los veteranos desprecian a los recién llegados, a los que todavía no saben. Menos mal, pensó Brooks, menos mal que solo serán dos meses, tres como mucho. Matteotti era un abogado lento pero honesto y competente y la recusación llevaba sus trámites, sus papeleos, su tiempo, le había dicho. Cuando la tarde anterior el juez leyó la sentencia y él escuchó su nombre y la condena lenta, muy lentamente, en los labios del magistrado, Matteotti le susurró al oído, ‘no se preocupe, es normal, cuando la gente se cabrea y hay periodistas pasan estas cosas, un escarmiento, una fianza y listo, saldrá sin problemas en unas semanas, casi mucho mejor así’. A pesar de ello, cuando salieron de la sala, Brooks se enfadó mucho con su abogado y aunque Sonia estaba delante, le insultó y le llamó pusilánime, ‘cómo es posible’, le preguntó, ‘cómo es posible después de todo el dinero que te he aflojado, mírame a la cara, Matteotti, mírame, eres un jodido pusilánime’. En el fondo, Brooks solo necesitaba desahogarse y Matteotti lo supo de inmediato, al fin y al cabo, era una reacción normal, ‘tranquilícese’, le dijo, ‘solo serán tres meses y la ley es la ley’.

Ignacio Ferrando

lunes, 27 de junio de 2016

Primer amor

Los invitados ya se habían ido. El reloj dio las doce y media.Sólo quedaban el anfitrión, Serguey Nicolayevich y VIadimir Petrovich.

El anfitrión tocó la campanilla y ordenó retirar lo que quedaba de la cena.

Entonces, está decidido- dijo, sentándose cómodamente en la butaca y encendiendo su cigarrillo-.Cada uno tiene que contar la historia de suprimer amor. Le toca a usted, Serguey Nicolayevich.

Serguey Nicolayevich, rechoncho, de pelo castaño, cara fofa y redonda, miró a su anfitrión y luego levantó la vista hacia el techo.

No tuve un primer amor. Empecé directamente con el segundo.

¿Y cómo fue eso?

Muy fácil. Tenía dieciocho años cuando por primera vez empecé a cortejar a una señorita encantadora. Pero lo hacía como si no fuese una novedad para mí. Así cortejé después a todas las demás. A decir verdad, a los seis años me enamoré por primera y última vez, precisamente de mi niñera. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Los detalles de nuestra relación se han borrado de mi memoria. Y aunque me acordase, ¿a quién podría interesarle?

Entonces, ¿qué hacemos?dijo el anfitrión. En mi primer amor tampoco hay nada extraordinario. Antes de conocer a Ana Ivanovna, mi mujer, no estuve enamorado. Todo marchó a mil maravillas. Nuestros padres concertaron la boda, inmediatamente iniciamos el noviazgo y nos casamos sin dilación. Mi historia se cuenta en dos palabras. Yo, señores, tengo que confesar que, cuando propuse el tema del primer amor, lo hice pensando en ustedes, hombres no diría viejos, pero tampoco jóvenes solteros. Bueno, usted, VIadimir Petrovich, ¿no podría amenizar un poco la velada?

Mi primer amor, en efecto, fue poco corriente contestó después de una pausa Vladimir Petrovich, hombre de unos cuarenta años, de pelo negro, ya canoso.

¡Ah!- exclamaron simultáneamente el anfitrión y Serguey Nicolayevich. Mucho mejor. Cuéntenoslo.

Bien... O mejor dicho, no voy a contarlo. No soy un buen narrador. Cuando narro, o soy lacónico y seco, o prolijo y amanerado. Si me permiten, voy a apuntar todos mis recuerdos en un cuaderno y luego se los leo.

Ivan Turgueniev 

jueves, 23 de junio de 2016

El Capote

En el departamento ministerial de **F; pero creo que será preferible no nombrarlo, porque no hay gente más susceptible que los empleados de esta clase de departamentos, los oficiales, los cancilleres..., en una palabra: todos los funcionarios que componen la burocracia. Y ahora, dicho esto, muy bien pudiera suceder que cualquier ciudadano honorable se sintiera ofendido al suponer que en su persona se hacía una afrenta a toda la sociedad de que forma parte. Se dice que hace poco un capitán de Policía—no recuerdo en qué ciudad—presentó un informe, en el que manifestaba claramente que se burlaban los decretos imperiales y que incluso el honorable título de capitán de Policía se llegaba a pronunciar con desprecio. Y en prueba de ello mandaba un informe voluminoso de cierta novela romántica, en la que, a cada diez páginas, aparecía un capitán de Policía, y a veces, y esto es lo grave, en completo estado de embriaguez. Y por eso, para evitar toda clase de disgustos, llamaremos sencillamente un departamento al departamento de que hablemos aquí.

Pues bien: en cierto departamento ministerial trabajaba un funcionario, de quien apenas si se puede decir que tenía algo de particular. Era bajo de estatura, algo picado de viruelas, un tanto pelirrojo y también algo corto de vista, con una pequeña calvicie en la frente, las mejillas llenas de arrugas y el rostro pálido, como el de las personas que padecen de almorranas... ¡Qué se le va a hacer! La culpa la tenía el clima petersburgués.

En cuanto al grado—ya que entre nosotros es la primera cosa que sale a colación—, nuestro hombre era lo que llaman un eterno consejero titular, de los que, como es sabido, se han mofado y chanceado diversos escritores que tienen la laudable costumbre de atacar a los que no pueden defenderse. El apellido del funcionario en cuestión era Bachmachkin, y ya por el mismo se ve claramente que deriva de la palabra zapato; pero cómo, cuándo y de qué forma, nadie lo sabe. El padre, el abuelo y hasta el cuñado de nuestro funcionario y todos los Bachmachkin llevaron siempre botas, a las que mandaban poner suelas solo tres veces al año. Nuestro hombre se llamaba Akakiy Akakievich. Quizá al lector le parezca este nombre un tanto raro y rebuscado, pero puedo asegurarle que no lo buscaron adrede, sino que las circunstancias mismas hicieron imposible darle otro, pues el hecho ocurrió como sigue:

Akakiy Akakievich nació, si mal no se recuerda, en la noche del veintidós al veintitrés de marzo. Su difunta madre, buena mujer y esposa también de otro funcionario, dispuso todo lo necesario, como era natural, para que el niño fuera bautizado. La madre guardaba aún cama, la cual estaba situada enfrente de la puerta, y a la derecha se hallaban el padrino, Iván Ivanovich Erochkin, hombre excelente, jefe de oficina en el Senado, y la madrina, Arina Semenovna Belobriuchkova, esposa de un oficial de la Policía y mujer de virtudes extraordinarias.

Dieron a elegir a la parturienta entre tres nombres: Mokkia, Sossia y el del mártir Josdasat. «No —dijo para sí la enferma—. ¡Vaya unos nombres! ¡ No! » Para complacerla, pasaron la hoja del almanaque, en la que se leían otros tres nombres, Trifiliy, Dula y Varajasiy.

—¡Pero todo esto parece un verdadero castigo! —exclamó la madre—. ¡Qué nombres! ¡Jamás he oído cosa semejante! Si por lo menos fuese Varadat o Varuj; pero ¡Trifiliy o Varajasiy!

Nikolai V. Gogol

jueves, 16 de junio de 2016

Las mujeres

Anna se encuentra con su amiga Molly, un día del verano de 1957, después de una separación...

Las dos mujeres estaban solas en el piso londinense.

 —El caso es que —dijo Anna al volver su amiga de hablar por teléfono en el recibidor—, el caso es que por lo visto todo se está desmoronando.

Molly era una mujer adicta al teléfono. Cuando éste empezó a llamar acababa de preguntar: «Bueno, ¿qué me cuentas?». Y ahora volvía diciendo:

—Es Richard, que viene. Al parecer hoy es el único día libre que va a tener en todo el mes. Por lo menos eso es lo que dice.

—Pues yo no me voy —dijo Anna.

—No, tú te quedas donde estás.

Molly examinó su aspecto: llevaba pantalones y un jersey, ambas prendas bastante usadas.

—Tendrá que aceptarme como me encuentre —concluyó, y se sentó junto a la ventana—. No ha querido decir qué ocurre... Será otra crisis con Marion, supongo.

 —¿No te ha escrito?—preguntó Anna con cautela.

—Los dos, él y Marion, me han escrito cartas llenas de sencillez. Curioso, ¿verdad?

Este curioso, ¿verdad?, era como la contraseña que indicaba el tono confidencial de las conversaciones entre ellas dos. No obstante, después de haber dado la contraseña, Molly cambió el tono y añadió:

—Es inútil hablar ahora. Ha dicho que venía en seguida.

—Seguramente se marchará cuando vea que estoy yo —comentó Anna alegremente, aunque con cierto deje agresivo.

—Ah, y ¿por qué? —preguntó Molly, mirándola incisivamente.

Se había dado siempre por supuesto que Anna y Richard se desagradaban mutuamente; y, antes, Anna siempre se había marchado cuando Richard estaba por llegar. Aquel día Molly dijo:

—La verdad es que yo creo que le agradas bastante, en el fondo. Pero se ve obligado a estimarme a mí, por principio... ¡Es tan ridículo que las personas le gusten del todo o nada! Por eso, lo que no le agrada en mí te lo carga a ti.

Doris Lessing

miércoles, 15 de junio de 2016

No te detengas



No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...

Walt Whitman

martes, 14 de junio de 2016

La bruma nocturna

La bruma nocturna me sorprendió en el camino
Tras la espesura la luna lanzó su mirada.
El caballo fatigado daba inquietos golpes con las pezuñas;
tranquilo de día, extrañaba la noche.
Sombrío, inmóvil, soñoliento, el conocido bosque me aterraba
y hacia el claro plateado por la luna
dirigí el paso del caballo resoplante.
Se extiende en la lejanía la neblina del pantano, pero
de plata fulgura la iglesia de la colina.
Y detrás de la colina del bosquecillo del valle,
en la oscuridad se oculta mi casa.
El caballo fatigado acelera el paso hacia su destino.
Centellean las luces de un pueblo extraño.
A la orilla del camino prenden en rojo
las hogueras de los pastores, como faros.
 

Alexander Blok