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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Bailando waacking

Hoy tuve mi primera clase de waacking. No supe de la existencia de este baile hasta que estuve mirando academias de baile y los diferentes estilos que ofrecían. Obviamente, tuve que ver videos para ver si los movimientos eran muy bruscos o no (dicho esto, ni se me pasa por la cabeza hacer break dance). Y resultó que me veía capacitada a hacer un poco el “ridículo” en clase. Aunque, bien mirado, tampoco fue para tanto la cosa porque sólo éramos tres alumnas. Y la clase empezó con muy buen pie porque cuando entramos en la sala sonaba Jamiroquai...

Antes de seguir: ¿dónde nació el waacking? Pues el waacking surgió en los años 70 dentro de la comunidad gay de California.

Como una imagen (en este caso, video) vale más que mil palabras, aquí tenéis una muestra del baile, de un video que he cogido al azar de internet. Seguro que los hay muchos mejores.


Sobre todo, lo importante es el movimiento de los brazos y las muñecas, por encima de los hombros y hacia atrás. Me recuerda un poco al grupo Locomía, salvando la distancia, por supuesto. Vamos, que viendo a esta gente moverse así uno igual piensa que es fácil pero yo me he dado cuenta de que lo de la coordinación no va mucho conmigo. En cualquier caso, habiendo sido el primer día, no voy a ser muy crítica conmigo misma, que lo importante en realidad es pasarlo bien. Y no descoyuntarse, claro, que en el calentamiento casi se me queda tiesa la pierna derecha.

Pues nada, a seguir practicando con los brazos (las piernas no tienen tanto misterio) hasta la semana que viene.

miércoles, 22 de junio de 2016

Los caminos de Federico

Hace unas pocas semanas estuve con unos amigos viendo la obra “Los caminos de Federico”, que se representa los domingos a las 20:00 en el teatro El Umbral de Primavera, en Lavapiés.

Una única actriz, Flor Saraví, recita una recopilación de poemas, textos y extractos de conferencias de Federico García Lorca durante poco más de una hora.

El trabajo de Flor es soberbio y muy valiente, al enfrentarse ella sola a este reto. Derrocha sensibilidad y pasión por los cuatro costados y por momentos incluso ella misma se emociona.

Esta obra es totalmente recomendable; una manera de conocer un poco mejor la obra de este genial poeta. Cuando comienza con “Siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta. Pero…unas manos amigas me han empujado y aquí estoy.”, uno no sabe si son pensamientos de la actriz o son palabras del mismo Federico. Todo, todo lo que Flor dice es del poeta.

La escenografía consiste en un escritorio, sobre el que está sentada esperándonos a nosotros, al público; con los pies metidos en uno de los cajones, cajones que sirven de tambor y que utiliza durante toda la obra. Por ejemplo, cuando canta “Anda jaleo, jaleo” o cuando recita  “A las cinco de la tarde”. Este escritorio también tiene otros elementos que lo hacen "mágico", por decirlo de alguna manera, y que se van descubriendo durante toda la representación. Además, es una réplica (con sus variaciones) del que tenía el poeta.

Flor se llevó una ovación. Tuvo que salir a saludar dos veces y nos esperó a la salida de la sala para saludarnos. Se tomó su tiempo para charlar un rato con nosotros y contarnos algunos detalles de diferentes aspectos de la obra y del trabajo detrás de la misma. Un brillante colofón para una obra que perdurará en mi memoria. 

Fuente: http://florsaravi.com/los-caminos-de-federico/

sábado, 18 de junio de 2016

Romanian lady (Mujer rumana) (F.A.Bridgman, 1882)

Durante la Segunda Guerra Mundial miles de obras de arte se quemaron o fueron robadas. Cuando finalizó la guerra, se consiguieron recuperar muchas de ellas, pero no siempre se supo sobre su procedencia o su nombre, de ahí que muchas de estas obras fueran catalogadas de manera errónea.

Este error en la catalogación fue lo que sucedió, por ejemplo, con el cuadro “Romanian lady”, de Frederick Arthur Bridgman. 

El cuadro de F.A. Bridgman fue presentado en la Exposición Internacional de París en 1882 con el título en francés de “Dame roumaine” y con ese mismo nombre fue registrado. En 1890, Joseph Temple, un rico comerciante, compró el cuadro, que posteriormente dejó en custodia al Museo de Arte de Pensilvania. El cuadro tuvo más propietarios a lo largo del siglo XX, y fue comprado finalmente por el Museo de Bellas Artes de Boston en 1977, ya con el título de “Armenian lady”.

Fue Grațiela Buzic quien se encargó, por propia iniciativa, de investigar sobre los orígenes del cuadro y, tras la aportación de argumentos y pruebas determinantes, consiguió que la dirección del Museo cambiara el nombre del cuadro a “Romanian lady” (“Mujer rumana”) en vez de “Armenian lady” (“Mujer armenia”), que era el nombre con el que aparecía en los registros oficiales. La confusión se debió posiblemente a la similitud en la pronunciación entre ambas palabras en rumano: “Românca”, (“Romanian lady”) y  “Armeanca” (“Armenian lady”).

En cuanto al traje de la mujer, no puede ser una mujer armenia puesto que los trajes regionales de Armenia son diferentes. Estos han recibido influencias de Asia Central, del Imperio Persa y de China. Las mujeres armenias se vestían con muchas capas mientras que las mujeres rumanas, con una blusa blanca con bordados y un delantal y cinturón por encima.  De todos modos, el traje de esta mujer está decorado con motivos de varias regiones de Rumania, posiblemente para embellecer el cuadro. Y también se cree que pertenece a una dama de la alta sociedad.

En definitiva, un cuadro digno de admiración de una mujer originaria de un país maravilloso: Rumanía.